Nunca vistió un uniforme militar.
Nunca portó ni mucho menos disparó un arma de fuego durante toda su vida.
Sin embargo, gracias a su valentía, miles de personas lograron escapar de la persecución, la guerra y el horror que se extendieron por Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
A muchos de aquellos hombres, mujeres y niños no los conocía. Nunca había sabido siquiera de su existencia. Eran de otros países, profesaban religiones distintas y defendían ideas políticas diferentes a las suyas.
Nada de eso importó.
Gilberto Bosques Saldívar entendió que, antes que nacionalidades, credos o ideologías, eran seres humanos cuya vida estaba en peligro.
Y decidió ayudarlos.
Su nombre quedó escrito en la historia de la diplomacia mexicana por haber contribuido a salvar a miles de refugiados, entre ellos republicanos españoles, judíos, antifascistas y perseguidos políticos que buscaban escapar de una Europa sometida por la guerra y el avance del nazismo.
Gilberto Bosques nació el 20 de julio de 1892 en Chiautla de Tapia, en la Mixteca poblana.
Desde muy joven mostró una profunda vocación por la educación, la política y las causas sociales. Estudió para maestro y, con el paso de los años, fue profesor, periodista, legislador y diplomático.
En 1939 fue enviado a Francia como cónsul general de México en París. Tras la ocupación alemana y la caída de Francia, trasladó las operaciones consulares hacia el sur del país, estableciéndose finalmente en Marsella, dentro de la zona controlada por el régimen de Vichy.
Desde ahí comenzó una de las páginas más extraordinarias de la diplomacia mexicana.
México, bajo el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, había abierto sus puertas a quienes huían de la persecución política y de las consecuencias de la Guerra Civil Española. Bosques convirtió esa política humanitaria en una misión personal.
Desde el consulado mexicano se expidieron documentos y visas que permitieron a miles de refugiados emprender el camino hacia México.
Pero Bosques fue todavía más lejos.
Ante la desesperación de quienes buscaban escapar, organizó una auténtica red de protección y asistencia. Para albergar a cientos de refugiados mientras se resolvían sus trámites y se preparaba su salida de Francia, arrendó dos propiedades en las cercanías de Marsella: los castillos de La Reynarde y Montgrand.
Aquellos lugares se convirtieron en refugios temporales para hombres, mujeres y niños que, detrás de sus muros, encontraron algo que en buena parte de Europa comenzaba a desaparecer: seguridad y esperanza.
Bosques y el personal diplomático mexicano gestionaron documentos, alimentación, alojamiento y rutas de salida. Cada visa otorgada podía representar la diferencia entre la libertad y la persecución; entre alcanzar un puerto seguro o caer en manos de los nazis.
Pero aquella labor tenía un precio.
Después de que México rompiera relaciones con el régimen de Vichy, las fuerzas alemanas ocuparon las instalaciones diplomáticas mexicanas. En 1943, Gilberto Bosques, su familia y el personal de la legación fueron detenidos por los nazis.
Bosques permaneció cautivo en Alemania junto con decenas de mexicanos.
Ni siquiera entonces perdió la dignidad.
Exigió que él y sus compatriotas fueran tratados como representantes de una nación soberana y no como prisioneros comunes.
Finalmente, en 1944, fueron liberados mediante un intercambio de prisioneros entre México y Alemania.
Cuando Gilberto Bosques regresó a nuestro país fue recibido por cientos de refugiados españoles y otras personas que habían encontrado en México una nueva patria gracias, en buena medida, a las gestiones realizadas por aquel diplomático poblano.
No llegaban a recibir a un general victorioso.
Recibían a un hombre que había combatido sin fusil.
Después de la guerra continuó sirviendo a México como diplomático y representante de nuestro país en distintas naciones. Murió en 1995, a los 102 años de edad.
La vida de Gilberto Bosques demuestra que no todas las batallas se libran con armas.
Algunas se ganan extendiendo una visa.
Abriendo una puerta.
Protegiendo a un perseguido.
O simplemente negándose a permanecer indiferente cuando la vida de otro ser humano está en peligro.
Por su labor humanitaria, en diversas ocasiones se le ha llamado “el Schindler mexicano”, en referencia al empresario alemán Oskar Schindler, quien salvó a más de mil judíos durante el Holocausto.
Pero quizá la comparación debería formularse de otra manera.
Porque Gilberto Bosques no necesita ser recordado como el Schindler mexicano.
Tal vez deberíamos preguntarnos si, en realidad, Schindler fue el Gilberto Bosques alemán.


