El cosmos no se detiene; su ritmo circular nos invita constantemente a la reflexión
y al alineamiento con la naturaleza. Con la llegada de septiembre sobreviene el
equinoccio de otoño, este año, el equinoccio de otoño ocurrirá con precisión
astronómica el 22 de septiembre de 2026 a las 18:05 horas (tiempo del centro
de México). En ese instante exacto, el día y la noche alcanzarán una perfecta
igualdad de duración sobre la Tierra, marcando la transición hacia un ciclo de
maduración, recolección y recogimiento interior. Sin embargo, para nosotros, este
tránsito sideral no es un fenómeno abstracto ni ajeno a la realidad cotidiana; dialoga
de forma profunda con el momento político, social y ambiental que atraviesa nuestra
nación.
En México, el otoño llega acompañado del aliento festivo y vibrante de las fiestas
patrias. La memoria de la Independencia nos recuerda que los ciclos de la
naturaleza encuentran su correlato en las grandes transformaciones históricas. Así
como la semilla debe atravesar la oscuridad del suelo para romper su cascarón y
dar fruto, el pueblo mexicano se encuentra inmerso en un proceso de profunda
transformación soberana. Celebrar la Patria en esta estación equivale a celebrar
la madurez de una conciencia colectiva que exige ser dueña de su propio destino,
de sus recursos naturales, de sus decisiones geopolíticas y de su modelo de
desarrollo.
No obstante, este florecer soberano no ocurre en la calma absoluta. El otoño
también nos advierte sobre los vientos helados que intentan despojar al árbol de
sus hojas. La soberanía de la patria enfrenta hoy tensiones y amenazas constantes:
presiones financieras internacionales, injerencias externas que buscan supeditar los
intereses nacionales a agendas trasnacionales y el asedio a nuestra
autodeterminación energética, territorial y alimentaria. Defender la soberanía en el
equinoccio presente no es un acto estático de contemplación, sino una resistencia
activa y vigilante para asegurar que la riqueza de nuestra tierra permanezca al
servicio del bienestar compartido.
Este equilibrio astronómico también nos confronta con la severidad del cambio
climático a escala local. En diversas regiones del país, el panorama agrícola de esta
temporada se viste de preocupación: las lluvias han sido dolorosamente escasas y
las siembras de temporal han sufrido pérdidas devastadoras. Los campesinos,
custodios históricos del ciclo de la vida, miran los campos secos como un testimonio
del desequilibrio que la actividad humana desmedida ha infligido al planeta. La
sequía no es un castigo divino, sino la manifestación patente del calentamiento
global, resultado de un sistema capitalista voraz y depredador de nuestra madre
tierra, que, sin piedad, la han tratado como una mercancía y no como un ser vivo
(GAIA), con derechos (derechos más que humanos).Frente a esta crisis socioambiental, la respuesta no puede ser la resignación. La
tierra nos exige reciprocidad y restauración. La tarea de continuar y multiplicar las
jornadas de reforestación en nuestros pueblos y comunidades se convierte en un
imperativo ético y social. Plantar un árbol hoy no es solo un acto técnico de
mitigación ambiental; es una trinchera comunitaria contra la desertificación, un
escudo vegetal en favor de la soberanía hídrica y una ofrenda concreta de
amortiguamiento frente al aumento de la temperatura global.
Desde la sabiduría popular de nuestros pueblos, el equinoccio de otoño se ha
vestido históricamente de formas comunitarias de celebración y gratitud. A pesar
de las dificultades, las familias y las asambleas locales se organizan para bendecir
los primeros frutos, preparar los altares con los productos de la milpa, compartir los
alimentos en faenas compartidas y encender sahumerios de copal en señal de
agradecimiento a la Madre Tierra. En estas prácticas comunitarias radica una
profunda espiritualidad: la convicción de que la abundancia no surge del
acaparamiento individual, sino del apoyo mutuo, la solidaridad y el trabajo colectivo
(tequio, faena).
El equinoccio nos deja, en última instancia, una enseñanza de mística y esperanza.
La caída inevitable de las hojas secas no representa la muerte, sino la preparación
indispensable para el renacimiento de la vida. La noche comenzará a ganar
espacio al día, pero en la penumbra se gesta la vitalidad de la primavera venidera.
Nuestra esperanza no es una espera pasiva ni una simple ilusión abstracta; es una
esperanza activa, cargada de fe en la dignidad de la gente y fundada en la certeza
de que las transformaciones auténticas las construyen las manos unidas. El tiempo
de balance que marca el otoño nos convoca a actuar con determinación: a cuidar el
árbol sembrado, a defender con firmeza la soberanía mexicana frente a cualquier
amenaza y a mantener encendido el fuego de la solidaridad en cada rincón de
nuestras comunidades. Que esta temporada sea el impulso místico que transforme
la preocupación en organización y la fe en acción transformadora


