Hay algo profundamente inquietante en la manera en que la narcocultura ha logrado convertir la pólvora en perfume y la sangre en grotesco espectáculo. Lo que antes se susurraba con miedo hoy se canta a todo pulmón en conciertos multitudinarios.
El negocio de la muerte aprendió a maquillarse en corridos, conciertos, diseño de ropa, joyas, camionetas de lujo y normalizando un lenguaje que muchos jóvenes utilizan para tratar de apantallar a otros e intimidar a muchos.
Los corridos —hoy rebautizados, estilizados, vestidos de marca— funcionan como vitrinas donde el crimen aparece como una pasarela. Las letras ya no hablan solo de violencia: hablan de camionetas blindadas como si fueran caballos mitológicos, de relojes que brillan como trofeos de guerra, de fajos de billetes que se agitan como banderas.
El mensaje es seductor: poder inmediato, respeto automático, ascenso sin escalera.
La narcocultura ha construido un relato donde el joven que entra al negocio no es reclutado: es “elegido”. No es explotado: es “valiente”. No es descartable: es “soldado”. En el negocio de la “maña” la semántica hace magia. Cambia las palabras y cambia la percepción. Así, el muchacho del pueblo, el de barrio, el de la colonia deja de ser vulnerable para convertirse en protagonista de una película que nunca termina bien. Las noticieros lo informan todos los días.
Los conciertos de corridos tumbados se vuelven templos donde se celebra la estética del riesgo. La ropa de diseñador es la nueva armadura. Los antros, alcohol y drogas, vitrinas del éxito. Así como el consumo durante de horas de videojuegos violentos donde simulan ser sicarios y gana el que más muertos deja. Todo está cuidadosamente estructurado: luces, humo, cadenas de oro, letras que glorifican la lealtad y el poder. Es una narrativa brillante, pero también es un espejismo cuidadosamente producido.
Porque mientras en el escenario se canta sobre coronas, en la calle se reparten ataúdes. La realidad es que muchos de esos niños y jóvenes que se dejan seducir por el brillo terminan siendo piezas intercambiables en un tablero donde los verdaderos jugadores rara vez aparecen en las canciones. Son carne de cañón en una guerra de carteles. Se les promete un trono y se les entrega una trinchera.
Lo más preocupante es cuando esa narrativa cruza la puerta de casa y se instala en la sala, en la playlist, en la televisión. La normalización comienza en pequeños gestos: una canción que suena todo el día sin cuestionarse, una serie que convierte al capo en antihéroe admirable, una frase repetida como chiste que termina siendo aspiración.
“Siempre listo, nunca visto”
“Aquí andamos viejón”
“Andamos al cien”
“Más vale vivir cinco años como rey que cincuenta como buey.”
“El que no arriesga, no gana.”
“Aquí puro gallo fino.”
“La vida es corta, pero bien vivida.”
“Con dinero baila el perro.”
Las «frases buchonas» son expresiones populares en la narco-cultura mexicana que reflejan poder, un sector de los jóvenes suele utilizarlas en redes sociales para proyectar ambición, poder, intimidación, donde aseguran un éxito rápido. Seguro alguien cercano a ti se ha expresado así.
Aquí es donde el problema deja de ser lejano y se vuelve doméstico. Cuando se romantiza la violencia en casa. El riesgo de reclutamiento aumenta porque el terreno ya está abonado por la admiración. La aspiracionalidad: el joven ya no sueña con construir, sino con poseer; no con crecer, sino con dominar. La violencia deja de alarmar y empieza a parecer cotidiana, incluso necesaria.
Es como si, poco a poco, el ruido de los disparos se mezclara con el ritmo de la música hasta que ya no distinguimos uno del otro.
No normalizar la narcocultura en el hogar es un acto silencioso pero poderoso de resistencia. Implica diálogo constante, preguntas incómodas, supervisión consciente de contenidos. Implica explicar que lo que se muestra en redes es un escaparate cuidadosamente editado, no la historia completa. Implica reforzar modelos de éxito donde el respeto se gana con integridad, esfuerzo, constancia y no con miedo.
La lucha contra la narcocultura no empieza en los operativos ni termina en las cárceles. Empieza en la mesa familiar, en la conversación cotidiana, en la capacidad de decir: “Eso que parece brillo, en realidad quema”.
Romantizar el narcotráfico es ponerle luces de neón a un abismo. Desde lejos parece fiesta. De cerca, es cárcel o la muerte. Y la responsabilidad de no caer en ese espejismo, muchas veces, comienza en casa.
Nos leemos pronto…
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