Hay fechas en el calendario que la historia oficial pretendió anestesiar. Durante
décadas se nos enseñó a celebrar el Día de la Raza o a edulcorar la barbarie bajo
el eufemismo del encuentro de dos mundos. Pero la memoria, cuando se cultiva con
rigor ético, desmonta la fábula. El 12 de octubre de 1492 no fue la alborada de un
descubrimiento, sino el inicio de una desposesión violenta: el desembarco de una
espada y una cruz que vulneraron lo más sagrado de la condición humana, su
dignidad.
Como bien denunció Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina,
aquel proceso convirtió la riqueza de un continente en la causa fundamental de su
desdicha. La conquista encadenó a los pueblos originarios, utilizó la fe como
herramienta de dominación ideológica y exterminó millones de vidas para nutrir las
arcas del naciente capital transnacional. Nos despojaron del oro, de la plata y del
suelo, pero jamás pudieron extirpar de raíz la memoria ancestral.
Decir que fuimos descubiertos implica asumir la narrativa del colonizador, la que
niega la existencia previa del otro. No hubo tal encuentro, sino sometimiento,
pillaje y esclavitud. Existíamos ya, en el esplendor de sociedades con una
profunda esencia comunitaria, saberes astronómicos refinados y una relación de
veneración y armonía con la madre tierra que occidente, en su afán mercantilizador,
jamás logró comprender, y por eso, hoy padecemos las terribles consecuencias del
calentamiento global, entre otros problemas medioambientales, de pobreza y
desigualdad.
El colonialismo no es un fósil del pasado, sino una lógica reactiva que muta para
sobrevivir. Hoy, en pleno siglo XXI, presenciamos la reemergencia de un
neoimperialismo rampante que pretende convertir a América Latina, una vez más,
en el patio trasero de los grandes poderes financieros y geopolíticos. La injerencia
del neofascismo transnacional, encabezado por figuras como Donald Trump y sus
ramificaciones en la derecha continental, no es casual ni abstracta. Responde a una
geopolítica del despojo orientada a apoderarse del litio, del agua, del petróleo y de
los bienes comunes de nuestras naciones.
Frente a esta acometida, la derecha local, encarnada en el bloque del PRIAN, actúa
como la vieja élite entreguista del siglo XIX: subordinada al mandato externo,
nostálgica del vasallaje y defensora de un modelo neoliberal que privatizó la patria
y socializó las pérdidas.Ahí reside la contradicción dialéctica fundamental de nuestra era. Por un lado, el
modelo neoliberal y el neoporfirismo tecnocrático conciben al mercado como el
regulador supremo de la sociedad, promueven el despojo de recursos y subordinan
las decisiones nacionales a los dictados imperialistas. Por el otro, emerge el
Humanismo Mexicano, la doctrina política de la Cuarta Transformación que concibe
al Estado como garante de la justicia distributiva y coloca en el centro a las víctimas
del sistema: a los desposeídos, a los vulnerados y a quienes el filósofo Enrique
Dussel llamaba los otros, los excluidos por la totalidad dominante. El Humanismo
Mexicano no pide permiso para ser libre, pues asume que la verdadera democracia
no se mide por la docilidad ante las potencias extranjeras, sino por el grado de
liberación social de los más humildes.
Para entender la dimensión ética de este cambio de época es imprescindible acudir
al pensamiento histórico proyectado en obras como Grandeza y Hacia una
economía moral, de Andrés Manuel López Obrador. En ellas se rescata la tesis
central de que la fuerza moral de México no proviene de las instituciones coloniales
ni de los dogmas importados, sino del legado profundo de las culturas
precuauhtémicas. Culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca o la nahua no
solo legaron monumentos de piedra; legaron una ética de la fraternidad y del trabajo
comunitario que sobrevivió a los siglos de opresión. Durante la larga noche
neoliberal, la narrativa conservadora pretendió que el pueblo sintiera vergüenza de
sus orígenes, empujando a millones al desprecio de su propia identidad.
Hoy asistimos a un florecimiento ético e identitario sin precedentes. Por primera
vez en la historia constitucional, los pueblos originarios y afromexicanos dejan de
ser tratados como objetos de asistencia pública o folclore para constituirse en
sujetos plenos de derecho público. Asimismo, reciben directamente los recursos
públicos para ser administrados bajo sus propios usos y costumbres, decidiendo
comunitariamente sobre su presente y su futuro.
Esta restitución de dignidad se refleja en los datos sociales recientes, donde en
el último censo más de 20 millones de mexicanas y mexicanos se autodefinen con
orgullo como pertenecientes a un grupo indígena, revirtiendo décadas de
estigmatización y racismo sistémico.
Descolonizar no es un ejercicio académico ni una conmemoración retórica, sino
una praxis política diaria. Significa defender los energéticos, defender la tierra y
sostener la cabeza en alto en la mesa de las naciones. Bajo la conducción de la
primera mujer presidenta de México: Claudia Sheinbaum pardo y de un pueblo
éticamente politizado, la patria sostiene con firmeza su soberanía ante los embates
de la derecha globalizada.
La Cuarta Transformación demuestra que es posible construir una alternativa
propia, fundada en la justicia social y la dignidad, sin subordinarse a los dictados
de Washington ni a las corporaciones trasnacionales.El 12 de octubre ya no nos evoca la resignación ante el conquistador, sino la
memoria viva de la resistencia. Hoy no rendimos pleitesía al imperio; honramos
la grandeza de un pueblo que decidió romper las cadenas del olvido, tomar las
riendas de su destino y consolidar, desde la raíz, su segunda y definitiva
independencia. ¡Que vivan los pueblos originarios! ¡Que viva la Soberanía Popular!


