Durante centurias, el poder papal fue casi absoluto.
Reyes y mandatarios de toda índole buscaban hallarse bajo la gracia del autodenominado “vicario de Cristo”, y los que no lo conseguían tarde o temprano eran derrocados.
De ahí la frase de Agustín de Hipona (al que los católicos llaman “San Agustín”) de que “todo poder dimana de Dios”; o sea, que los monarcas, presidentes y primeros ministros de todo el mundo ocupan esos cargos no por mandato popular, sino por decisión divina. Y como el Ser Supremo no va a descender a la Tierra a ungirlos para mandar sobre sus semejantes, entonces sería el Papa (Petri Apostoli Potestatem Accipiens, o sea, el que recibe la potestad del apóstol Pedro) el encargado mundano de tal encomienda política.
Sin embargo, a mediados del siglo XIX, un hombre de escasos un metro cincuenta centímetros de estatura, que no tuvo al español como lengua nativa y que siempre fue menospreciado por su raigambre indígena zapoteca, se enfrentó al poderío del Vaticano, mismo que, a través de una alocución pontificia del papa Pío IX, de fecha 15 de diciembre de 1856, amagó con la excomunión mayor a todo aquel ciudadano o funcionario público que jurara, obedeciera o aplicara las Leyes de Reforma y el proyecto de lo que sería la Constitución mexicana de 1857.
Por si todo ello fuera poco, mediante dicho comunicado papal se consideraban “írritos” y “sin ningún valor” los decretos del gobierno civil mexicano que atentaban contra los fueros, propiedades y privilegios eclesiásticos.
Esa postura de la Iglesia católica hizo que la sociedad mexicana se dividiera en dos bandos, ya que incluso provocó que numerosos funcionarios públicos renunciaran a sus cargos ante el temor de perder sus sacramentos, y esa escisión fue el detonante directo de la Guerra de Reforma o de los Tres Años.
Solo un hombre, bajo de estatura pero gigantesco en ideales, Benito Juárez García, se enfrentó al Vaticano, defendiendo a toda costa a la República Liberal, la cual es el precedente directo de nuestro actual Estado democrático de derecho.
¿Juárez no le temía a la excomunión mayor?
Quizás sí, pero su amor por México era más grande que cualquier miedo interno.
Además, desde muy joven se inició en la masonería, alcanzando el grado 33 en dicha egregia institución iniciática y, por ende, por ser masón, ya se encontraba excomulgado según la bula papal de Clemente XII, de fecha 28 de abril de 1738.
Así que, para Juárez, como para todo aquel librepensador, lo más importante era combatir al fanatismo y la ignorancia que mantienen esclavizados a los pueblos, amén de constituir un Estado laico en el que cada ciudadano fuera libre de creer en lo que le diera en gana, sin poder ser perseguido a causa de su fe.
Precisamente, el Estado laico es uno de los grandes legados de Juárez, mismo que se vio cristalizado hasta la Constitución mexicana de 1917.
Por ello, los principios universales de fraternidad, igualdad y libertad son la base del humanismo mexicano que constituye el sustrato ideológico de la Cuarta Transformación.
Pero hoy, como ayer, existen voces que claman que potencias extranjeras vengan a regir el destino de los mexicanos.
Afortunadamente, hoy, como ayer, los nuevos traidores a la patria serán vergonzosamente derrotados, teniendo a la ignominia como único destino.


